¿Cómo se construye un hogar cuando el mundo te dice que no perteneces?

El encuentro con la historia de Kerana no sucedió únicamente detrás del frío cristal de una pantalla, sino también en el peso de los cuerpos que decidieron acompañarla. Dos semanas después de la proyección del documental ¿Quién es Kerana de Santa Cruz? en la Sala Guaraní del Centro de la Cultura Plurinacional (CCP), la película ya no vive en la pantalla. Ahora vive en la memoria. Y quizás ese sea el mayor logro de una historia: dejar de ser una imagen para convertirse en una pregunta.
La pregunta que me acompaña desde entonces es sencilla y dolorosa al mismo tiempo: ¿Cómo se construye un hogar cuando el mundo te dice que no perteneces?
Durante años hemos escuchado historias sobre violencia, rechazo, discriminación y muerte. Las personas LGBT+, especialmente las mujeres trans y travestis, conocemos demasiado bien esas historias. Las conocemos porque muchas veces las vivimos. Por eso aquel encuentro no fue solamente una biografía. Fue un espejo. No vi únicamente a Kerana. Vi a muchas personas. Vi a quienes fueron expulsados de sus hogares. Vi a quienes caminaron con miedo. Vi a quienes tuvieron que aprender a sobrevivir antes de aprender a vivir. Y también me vi a mí mismo.
Del prejuicio heredado al refugio comunitario
Quizás la escena que más se quedó conmigo no fue una marcha, un reconocimiento o un discurso. Fue una confesión. Kerana contó que la primera vez que asistió a una actividad de mariquitas no quiso sentarse en una silla porque, desde la desinformación con la que había crecido, pensaba que podía contagiarse de VIH. Años después, esa misma persona acompaña, defiende y camina junto a personas que viven con VIH.
Esa escena resume una verdad que desarma por completo: nadie nace libre de miedo, nadie nace sabiendo y nadie nace convertido en activista. Primero somos personas intentando descifrar un mundo que muchas veces nos enseñó a temer aquello que no conocíamos. Después decidimos qué hacer con aquello que aprendemos y con las heridas que la vida nos deja entre las manos.
Por eso no veo únicamente historias de lucha. Veo historias de transformación. Veo cicatrices que aprendieron a volverse puentes para cruzar el callejón. Veo soledades que se abrazaron cuando el mundo les negó una nación. Veo hogares levantados por quienes andábamos perdidos buscando una dirección.
Y quizás eso sea lo que más me conmueve. Comprender que detrás de cada referente hubo antes una persona enfrentando sus propios fantasmas. Porque la fortaleza no nace de la ausencia del dolor; muchas veces nace precisamente de haberlo atravesado.
La Casa Trans representa precisamente eso. No es solamente un lugar donde existen servicios, acompañamiento psicológico o apoyo institucional; es la búsqueda permanente de nuevas oportunidades para las personas trans. Es una puerta abierta cuando otras puertas se cerraron. Es la posibilidad de respirar. Porque olvidamos con facilidad que muchas de las cosas que hoy parecen normales fueron conquistas: tomarse de la mano, entrar a una universidad, subir a un micro, buscar trabajo o caminar por una plaza.
Y para algunas personas trans, simplemente seguir respirando. Pequeñas acciones para unos; victorias construidas a pulso para otros.

Las raíces de las Tierras Bajas y la soberanía de honrar en vida
Por eso los espacios de acogida son tan importantes. Y quizás eso sea también una forma de Ñandereko, ese "nuestro modo de ser y vivir" que ocupa un lugar central dentro de la cosmovisión guaraní. Una idea que nos recuerda que la vida no se construye en aislamiento, que la comunidad importa, que el cuidado mutuo importa y que ninguna existencia florece completamente sola. Pensar en ello mientras recordaba la historia de Kerana me llevó a reflexionar sobre algo más amplio: la diversidad sexual y de género no es una realidad ajena a nuestros territorios ni a nuestra historia. Diversos pueblos indígenas de América reconocieron, de distintas maneras, expresiones de género y formas de vida que desafiaban las categorías rígidas impuestas posteriormente por los procesos de colonización y evangelización. Más allá de las diferencias entre pueblos y épocas, existe una enseñanza que permanece vigente: ninguna sociedad se fortalece expulsando a quienes son distintos.
Estamos trágicamente acostumbrados a recordar después de la ausencia. A reconocer cuando ya no queda nadie para escuchar el agradecimiento. Esta vez fue distinto. Kerana sigue aquí, sigue luchando, construyendo y acompañando. Verla reconocida en vida fue también reconocer a quienes cargaron sobre sus hombros el peso de una comunidad entera para que hoy otros pudieran caminar con un poco más de libertad. Y fue importante que esta historia ocurriera en Santa Cruz, porque nosotros también somos Santa Cruz: somos parte de su historia, de su cultura, de sus calles y de su memoria.
Durante demasiado tiempo hubo lugares donde muchas personas de la diversidad sexual jamás imaginaron verse representadas. Y sin embargo seguimos llegando, ocupando espacios como la Sala Guaraní del CCP o el Museo de Arte Contemporáneo. Seguimos construyendo memoria.

El quiebre del silencio: Pequeños korokochis en el tembe
A veces pienso en los korokochis, esos pequeños seres que perforan la madera buscando una salida. Nuestra colectividad se parece bastante a ellos. Avanzamos entre estructuras que intentan encerrarnos, entre miedos heredados y heridas que no elegimos cargar. Muchas veces caminamos sin saber exactamente dónde termina el túnel, pero seguimos avanzando. Y quizás ahí radica la fuerza de esa imagen. Los korokochis no destruyen el árbol por odio; transforman aquello que los contiene para encontrar espacio donde vivir. De manera similar, las personas de la diversidad sexual y de género no buscamos derribar el hogar que compartimos con el resto de la sociedad. Buscamos ampliarlo. Abrir una ventana donde antes había una pared. Hacer visible una historia donde antes existía silencio.
Porque un hogar no siempre es un lugar. A veces es una persona. Una silla compartida. Una amistad. Una mano tendida. Una conversación. Una marcha. Una casa. Una comunidad. Y mientras existan personas dispuestas a tejer esos refugios, siempre habrá alguien encontrando el camino de regreso a sí mismo. Porque al final no se trata únicamente de sobrevivir. Se trata de amar la vida lo suficiente como para seguir construiéndola junto a otros. A quienes abrieron camino. A quienes continuán caminándolo. Y a quienes todavía están buscando dónde comenzar. Porque recordar también es una forma de cuidar, y honrar en vida es una manera de construir el futuro que aún estamos imaginando.

Este texto forma parte de un ejercicio de memoria, acompañamiento y construcción colectiva desde la experiencia vivida.
Memoria Viva
Dante Gutiérrez
Red Nuevo Comienzo
Tejiendo redes de acompañamiento, orientación y derivación
Fundación D'Power LGTBI
Lo que se nombra, permanece; lo que se acompaña, se transforma.